Cómo Dios Abre Oportunidades cuando Cumplimos

por Dahian Carter

Desde niña quise servir una misión de tiempo completo, pero creo que no se logra dimensionar lo que realmente es y hace la misión por uno mismo(a), hasta que está allí.

Poco tiempo después de llegar a mi primer área, junto con toda la adaptación a la vida misional, contraje parásitos estomacales (Tenia) y ¡eran muchos! Entonces, si seguían reproduciéndose y además nacían, estaba en riesgo mi salud y en el peor de los casos mi vida. Por ende tuve que internarme por primera vez en toda mi vida en un hospital, lejos de mi familia y seres amados.

En ese tiempo, mi compañera estaba teniendo desafíos con su familia, y eso no la tenía muy bien, entonces, con mi enfermedad e internación, ella no estaba muy contenta. Por ende, una noche en particular, decidió tomar sus medicinas y dormir temprano en el sillón del cuarto. Yo estaba allí, con mi bata, en cama, sintiéndome sola, completamente sola. Pensaba: “¿Qué estoy haciendo aquí?, ¿Para qué vine?, ¿Si estuviera en mi casa…?” y de pronto con mis ojos llenos de lágrimas y el pecho con angustia, sintiéndome abrumada, vino a mí un recuerdo clave. Un par de meses antes de irme a la misión en una clase de instituto mi maestro pregunto: “¿Qué mantiene a un misionero por dos años y a una hermana por año y medio en la misión?” Luego de muchas respuestas, que por cierto yo consideraba verdaderas, él dijo: “El conocimiento personal de que el Salvador, lo quiere allí”

Esa clase me impactó, y desde ese día busqué con toda la fuerza de mi corazón tener ese conocimiento, y lo logré! En medio de toda esa angustia y frustración, recordé el día, el momento, el sentimiento cuando yo supe que Él quería que yo estuviera allí en Bolivia, sirviéndole. De pronto, vino a mí un sentimiento de comprensión, de compañía… y al mirar hacia el lado, vi mi placa. Y tuve la claridad, de que a pesar de estar enferma, aún era una misionera y estaba a su servicio… Me puse mi placa y decidí hablar con Dios, me bajé de la cama y me arrodillé. Le dije que sólo quería tener la oportunidad de ser una misionera, aún en el hospital. Porque estaba ahí para servirle y sabía que era Su voluntad y yo quería hacer mi parte.

Al ponerme de pie y volver a acostarme, entró en el cuarto otra mujer en camilla, con su hombro roto. Había tenido una discusión con su esposo y las cosas no habían terminado bien. Me sentí tan llena de amor por esa mujer, y más aún después de haber pedido mi oportunidad. Al regreso de su operación, éramos ella y yo, y con mi placa en el pecho, sabía qué tenía que hacer. Fue mi primera vez escuchando con el corazón, discerniendo, enseñando a una persona y no una lección, dejando que realmente el Espíritu fuera el verdadero maestro y uno tan solo un agradecido portavoz… Fue la primera vez que dije la primera visión, como si yo misma hubiese estado ahí.

Esa noche marcó mi vida y curso en la misión y sin duda mi relación con Dios. Entendí mi lugar en su obra y comprendí cuán afortunada era por tan solo estar ahí, aún en ese frío cuarto de hospital enferma.

Finalmente ella quiso arrodillarse conmigo para terminar nuestra lección, pero su operación no lo permitía. Yo me arrodillé por ambas y tomé su mano, ella me pidió orar por si el mensaje que le había enseñado era verdad. Ambas fuimos fortalecidas y recibimos respuestas. Nunca olvidaré esa noche, nunca olvidaré lo que sentí, y lo que hizo por mí.

Mi Presidente de Misión siempre decía que en las escrituras había cientos de ejemplos de personas que cuando tuvieron una experiencia con el Salvador no volvían a ser las mismas, ya sea física o espiritualmente. Pues esa noche, yo lo experimenté personalmente y testifico de eso, sé que en la medida que nos acercamos al Salvador con corazones quebrantados y espíritus contritos, él se allega a nosotros, y eso nos cambia para siempre. ¡Nos hace mejores! Sé que somos literalmente sus hijos, y que la oración es una conversación con un Padre que nos ama y conoce y está dispuesto a ayudarnos, contestarnos, contenernos y sostenernos en lo que sea. Sé que cuando nos encargamos de sus asuntos, Él se encarga de los nuestros, y sé que no hay mejor obra dentro del evangelio que estar a su servicio.

Han pasado dos años ya desde que regrese a casa, y esa experiencia ocurrió. Ya no llevo una placa, pero comprendo que desde esa noche, el Señor puso una en mi corazón. Amo al Salvador, a sus hijos en Bolivia, y aquella mujer, que sin saberlo, fue la respuesta de una joven misionera, que sólo quería un lugar en la misión y tener la oportunidad de servir.

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Hernán Toledo M.
Hernán Toledo M., es miembro, Ingeniero, apasionado por las letras y las artes. Ama enseñar el Evangelio continuamente. Ha servido como Secretario de Estaca/Barrio, Maestro de Instituto de Religión, de Seminario, y Miembro del Sumo Consejo. Actualmente sirve como Director Sala de Prensa para La Iglesia en Chile, Área Sudamérica Sur

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