Cuando mis padres no querían que yo sirviera una misión: la difícil decisión entre honrar a mis padres y servir

por Cameron Staley.

Cuando era niño, contaba los días para cumplír 12 años y salir de  la Primaria. La peor parte de la Primaria para mí era cantar. Odiaba cantar. La única excepción a esta regla fue cuando cantábamos: “Espero ser llamado a una misión”. Siempre supe que sería un misionero, sólo un par de cosas se interponían en mi camino. Nunca imaginé que una de esas barreras fueran mis padres.

Poco antes de graduarme de la escuela secundaria, hablé con mis padres acerca de mis planes para servir. “Si quieres ir a una misión, entonces estás solo”, me dijeron. -Tendrás que hacerlo todo tú mismo. No vamos a ayudarte. No todo el mundo necesita cumplir una misión”.

Quedé en shock y me molesté. ¿No están la mayoría de los padres orgullosos de la decisión de sus hijos de servir al Señor? Había orado y le había preguntado si debía servir. Mi respuesta fue clara: “Ya lo decidiste hace mucho tiempo. Haz sido llamado”.

Por qué mis padres tenían conflictos con mi deseo de servir una misión

Años más tarde, le pregunté a mis padres por qué no querían que fuera a una misión.

Las razones de mi padre eran muy prácticas. Él nunca cumplió una misión y no estaba familiarizado con lo que podía esperar de esta experiencia. Estaba tratando de cuidar a su hijo y quería que sus hijos tuvieran acceso a él en cualquier momento que necesitaran consejo o apoyo. Mi padre me dijo lo siguiente:

Muchas veces he visto gente joven siendo presionada en un esquema prescrito. A menudo, los miembros de la Iglesia asumen que es esencial que cada joven vaya a “esa misión”. Tenía grandes preocupaciones por tu seguridad, tanto física como mental. Esas cosas me mantenían despierto por la noche.
También me partía el corazón el pensar en que salieras de casa durante dos largos años, sólo ser capaz de escuchar tu voz dos veces al año. Sabía que volverías otra persona, y amaba a la persona que eras en ese entonces… sin cambios necesarios.
El CCM fue una experiencia terrible. Dejarte allí fue brutal. De alguna manera esperaba volver a casa consolado y edificado, pero no sucedió tal cosa. Creo que todavía cuenta como uno de mis peores días. Tu madre y yo pasamos la mayor parte de los próximos dos años en una especie de duelo.

Cuando le hice a mi madre la misma pregunta, ella respondió con lo siguiente:

Es curioso cómo dos personas pueden sentarse en la misma habitación al mismo tiempo, ambos expuestos a las mismas vistas, olores y sonidos y ver cosas totalmente diferentes. Recuerdo vividamente estar sentada en la Primaria (ahí serví la mayoría del tiempo mientras crecías) y verte a ti sentado en una silla. Tus piernas no tocaban el piso, y se balanceaban de un lado a otro mientras observaban atentamente los procedimientos. Ahí estabas, con un suéter rojo y unos pantalones de color canela cantando “Espero ser llamado a una misión”. Fue entonces cuando la cruda realidad me golpeó que tal vez, incluso a una edad muy tierna, y con las mejores intenciones, estabas siendo “programado” para servir a una misión, ya fuera indicado para ti o no.
Sentí entonces, como siento ahora, que decidir servir a una misión es completamente responsabilidad del individuo que va a servir. Fui la primera persona en mi familia que tuvo la oportunidad de ir a la universidad. Mis padres nunca terminaron la secundaria. Tu educación estaba muy arriba en mi lista de prioridades en el cumplimiento de mi responsabilidad como padre.
Cuando tomaste la decisión, nos esforzamos mucho en apoyarte de cualquier manera que pudiéramos, pero cada paso fue agonizante… Así que en pocas palabras, es por eso que me sostuve en tu mano a medida que tratabas de cumplir tu sueño… porque desde mi lado de la habitación, parecía más a una pesadilla.

Cuando tuve que elegir entre honrar a mis padres o servir al Señor

A veces en la vida nos enfrentamos a mandamientos aparentemente opuestos. Para mí, fue el honrar a mis padres o servir una misión. ¿Qué hacemos cuando los mandamientos entran en conflicto?

Cristo enseñó: “Y todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o esposa, o hijos o tierras, por mi nombre recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.” (Mateo 19:29). A veces, se nos pide que escojer entre la familia y seguir al Salvador. Decidir entre “obedecer” a mis padres o dejarlos para cumplir una misión era extremadamente difícil para mí en ese momento.

Mirando hacia atrás, sin embargo, también fue una bendición. Personalmente, he visto el mayor crecimiento en mi vida cuando me enfrento con una elección. ¿Prestaré atención al Espíritu y seguiré el camino que ha de ser para mí, o me distraeré y tomaré el camino más fácil? En esos momentos, vuelvo al inspirador consejo del profeta Nefi, que enseñó: “Y ahora bien, amados hermanos míos, después de haber entrado en esta estrecha y angosta senda, quisiera preguntar si ya quedó hecho todo. He aquí, os digo que no; porque no habéis llegado hasta aquí sino por la palabra de Cristo, con fe inquebrantable en él, confiandoíntegramente en los méritos de aquel que es poderoso para salvar.

Por tanto, debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna.”(2 Nefi 31: 19-20).

Qué bendiciones vinieron a partir de la dificultad

Había deseado una despedida de misionero de Hollywood, pero tal vez mi experiencia no fue muy diferente a la de miles de misioneros que dejan a sus familias para servir. Me pregunto cuántos otros padres ocultan sentimientos o preocupaciones similares acerca de sus propios hijos en una cultura que otorga un valor tan alto al servicio de una misión de tiempo completo.

Pero incluso mis padres, después de varios meses tensos, acordaron ayudarme a prepararme e incluso financiar mi misión. No podría haber pedido padres con más apoyo de allí en adelante. Mirando hacia atrás, me hubiera gustado que hubieran compartido sus preocupaciones para ayudarme a entender sus actos.

A pesar de que mis padres no estaban emocionados por mí por salir de casa durante dos años, ellos igualmente crecieron gracias a la experiencia. Mi padre dijo:

Podía ver un crecimiento en tus “habilidades sociales”. Desarrollaste una habilidad para poder conversar con facilidad, involucrando a otras personas que pueden no compartir tu ideología. Eres capaz de concentrarte en lo que estás diciendo y sintiendo. Le das a otras personas el respeto del contacto visual y tu atención indivisa. También eres capaz de estar respetuosamente en desacuerdo sin menospreciar a la otra persona. Todas estas habilidades fueron perfeccionadas y purificadas por tu misión.
Vimos otra parte de los hechos cuando pudimos ir a recogerto. Fue un honor especial ir a conocer a algunos de tus amigos y personas que enseñaste. Fue muy revelador verlos a través de tus ojos. En sus caras, vi que habías hecho bien tu trabajo. Me sentí muy orgulloso del hombre en el que te estabas convirtiendo. Vi que habías ido al mundo preparado, que volviste a casa, listo para seguir adelante y construir tu propia vida, y que ahora era el momento de dejarte volar.
Nuestras oraciones fueron contestadas cuando llegaste a casa saludable y fuerte. También parecías dispuesto a fomentar tu educación futura que nos había parecido tan importante. Tal vez necesitabas de esos dos años.

Mi madre también identificó varios resultados positivos:

Como mamá, fue muy gratificante ver que lograste una meta que era muy importante para ti, y ver que lo haces con todo tu corazón, poder, mente y fuerza. Aplicaste la misma disciplina y energía a tu misión que hiciste con todo lo que has logrado en tu vida hasta ese momento. Eres un gran ejemplo para tu familia.
A pesar de que fue difícil, fue bueno para mí ver que te preparas por ti mismo. Hiciste toda la preparación importante, y nosotros solo compramos el traje… Fuiste la primera persona en mi familia en 100 años en servir una misión. Tal vez tenías un aliado al otro lado del velo que te animaba.
Creo que tu servicio a los demás ha sido inconmensurable en tu propio crecimiento personal. Esa es una bendición que seguirás recibiendo toda tu vida y en las eternidades. . . .
Tu misión fue una gran preparación para el resto de tu vida, especialmente en tu profesión. Tal vez todos los psicólogos deberían salir al mundo y servir durante dos años. Es casi seguro que te ayudó a ver el mundo de una manera más amplia y honesta.

Cómo podemos prepararnos y apoyarnos entre todos

Las misiones pueden ser difíciles. Conocí muchos misioneros que iban porque no querían decepcionar a sus padres, porque sus amigos iban, o porque creían que nadie se casaría con ellos si no eran misioneros retornados. A menudo, estas presiones pueden ser incapacitantes. La decisión de servir puede ser extremadamente difícil tanto para el misionero como para su familia. Es importante reconocer esta realidad a medida que avanza con fe.

Aunque mis padres inicialmente no eran partidarios, continuamos teniendo conversaciones abiertas que nos ayudaron a entender las perspectivas de cada uno más completamente. Tener conflicto es una parte natural de cualquier relación. Hablar a través de las diferencias y encontrar maneras de conectarse a través de experiencias significativas es esencial para fomentar relaciones saludables entre padres y misioneros. Recuerda, las relaciones eternas que estás cultivando con tu familia son más importantes que “ganar la batalla” sobre si servir o no servir una misión.

Como psicólogo, siento firmemente que los individuos reciben el apoyo que necesitan a través de retos de transición en la vida, incluyendo el servicio de una misión. Espero que tanto los misioneros como los miembros de la familia puedan estar abiertos a recibir tratamiento de salud física y mental para cuidar adecuadamente a sí mismos mientras hacen sacrificios para servir y apoyar a otros.

He trabajado con muchas personas que albergan lamentos persistentes años después de regresar a casa temprano de su misión debido a problemas de salud física o mental. Recuerda que el Señor está agradecido por tu servicio, independientemente de la duración de tu misión. Si luchas con esto, espero que llegues a aceptar tu servicio como ya lo ha hecho tu amoroso Padre Celestial.

Estoy agradecido de haber podido compartir las experiencias gratificantes y desafiantes de servir una misión con mis amigos y familiares. A pesar de estar fuera de casa durante dos años, me hice más cercano a mis padres, y estaba extremadamente agradecido por su apoyo. Ahora, como padre, espero que lo que he aprendido me ayude a mantener a mis hijos mientras toman decisiones en el futuro con respecto a su propio servicio misionero.

Fuente: ldsliving

 

 

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Hernán Toledo M.
Hernán Toledo M., es miembro, Ingeniero, MBA, apasionado por las letras y las artes. Ama enseñar. Ha servido como Secretario de Estaca/Barrio, Maestro de Instituto, de Seminario, y Miembro del Sumo Consejo. Actualmente sirve como Director Sala de Prensa para La Iglesia en Chile, Área Sudamérica Sur

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