Cuando Aprendí que la Navidad se trata de recibir, no de dar

por Danielle Wagner

Siempre he sido mala para las compras. Pero compras de Navidad: hay algo realmente mágico en las compras navideñas. Quizás es el reconocimiento secreto y la recopilación de información que haces durante meses previos, o la alegría y la anticipación de ver a alguien abrir un regalo que realmente ama, o el brillante papel de regalo, cintas, lazos y etiquetas amontonadas debajo de tu árbol de Navidad.

Pero al igual que Grinch, sé que dar en la Navidad va más allá de paquetes, cajas o bolsas. Me encanta la forma en que las historias, las canciones y los programas de televisión se centran en la paz y la buena voluntad hacia los hombres. Me encanta la forma en que es tan fácil para mí mirar hacia el frente y dar una sonrisa amistosa o simplemente decir hola a los que me rodean y que el enfoque de la temporada en el servicio y el amor me ayudan a ir más allá de mí para dar, ayudar y elevarme.

Pero, el otro día, cuando mi esposo y yo estábamos debatiendo dónde yace la verdadera alegría de la Navidad, ya sea dar o recibir, mis ilusiones de lo que significa Navidad se hicieron añicos. Parecía un lugar extraño para que el Espíritu me hablara con tanta fuerza, en mi cocina con desorden de fondo. Cuando traté de justificar las alegrías de dar y servir, el Espíritu Santo de repente desinfló mi ego, diciéndome que estaba completamente equivocada.

Atónita, pensé en la idea por un momento: la Navidad consistía enteramente en obtener, recibir y aceptar. Pero, ¿cómo podría ser eso? ¿Eso no elimina el altruismo y la alegría de la época?

Cuanto más pensaba en esta idea que me susurraba divinamente, más humilde me sentía. En Navidad, celebramos el regalo supremo en la historia del universo, el regalo que nuestro Padre Celestial nos dio a cada uno de nosotros cuando envió a su Hijo a la tierra. E inseparablemente conectado con ese regalo fue el sacrificio de nuestro Salvador, dando su vida y sufrimientos incomprensibles para nosotros. “No se puede separar a Belén de Getsemaní, ni la huida precipitada a Egipto del lento viaje a la cima del Calvario”, dice el élder Holland. “Es una sola pieza. Es un plan único”.

Al pensar en estos dones, experimenté un momento similar al del rey Benjamín, de repente viéndome a mí mismo como el polvo de la tierra y los regalos que puedo ofrecer como polvo. La Navidad no se trata de dar, porque lo que tenemos para ofrecer es tan escaso, tan intrascendente en las eternidades. En cambio, necesitaba centrarme en lo que podía recibir y aceptar en mi vida. ¿Busco maneras de recibir la expiación de Cristo, su gracia, su perdón todos los días de mi vida? ¿Busco las infinitas bendiciones del Padre Celestial y las acepto, permitiendo que su amor y voluntad moldeen mi vida? ¿Acepto la ayuda de los ángeles y seres queridos? ¿Escucho los susurros del cielo y el Espíritu? ¿O trato de hacer todo yo mismo, sin centrarme en el Salvador ni aceptar Su guía hasta que llegue a mis límites y me dé cuenta de que no puedo hacerlo todo? ¿Siento orgullo por mi independencia y capacidades, no por humildad? ¿Me regocijo de dar a los demás por interés propio o egoísmo?

Ese momento sagrado en mi cocina, me di cuenta de que las cosas que vale la pena dar solo se pueden encontrar cuando nos volvemos buenos para recibir la luz, el amor y la gracia que nuestro Padre Celestial y Salvador nos ofrecen. Solo entonces podemos ayudar a compartir su influencia y enseñar su amor porque entendemos una pequeña parte de nosotros mismos.

Hablando de la última noche del Salvador en la tierra, el presidente Uchtdorf comparte:

¿Recuerdan que en el transcurso de la comida, Jesús se levantó de la mesa, echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies de Sus discípulos?

Al llegar donde estaba Simón Pedro, el pescador se negó, diciendo: “No me lavarás los pies jamás”. El Salvador lo corrigió tiernamente: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”1.

Estoy seguro de que Pedro pensó que tenía razones nobles para rechazar esa dádiva y pensó que estaba haciendo lo correcto, pero en ese momento, claramente no entendió el significado espiritual de lo que Jesús le obsequiaba.

Toda dádiva que se nos brinda, especialmente una que provenga del corazón, es una oportunidad para crear o fortalecer un lazo de amor. Cuando recibimos con bondad y agradecimiento, abrimos la puerta para intensificar nuestra relación con el que obsequia la dádiva. Sin embargo, cuando no estimamos una dádiva, o incluso la rechazamos, no sólo herimos a aquellos que se abren hacia nosotros, sino que, en cierta manera, nos hacemos daño también a nosotros mismos.

Cuando somos agradecidos recibimos los regalos que nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador nos ofrecen, nosotros también podemos fortalecer nuestro vínculo de amor entre lo divino y nosotros, entre el cielo y la tierra. Recibir un regalo abarca mucho más que reconocerlo con una nota rápida de agradecimiento en nuestras oraciones. Para recibir realmente un regalo, debemos abrirlo, aprender cómo usarlo a través del estudio y aplicarlo en nuestras vidas.

El presidente Uchtdorf continúa:

Espero que esta Navidad y cada día del año tomemos en cuenta, en particular, las muchas dádivas que nuestro amoroso Padre Celestial nos ha dado. Espero que las recibamos con la maravilla, el agradecimiento y el entusiasmo de un niño.

Mi corazón se enternece y se llena de calidez al pensar en las dádivas que nuestro amoroso, bondadoso y generoso Padre Celestial nos ha dado: el indescriptible don del Espíritu Santo, el milagro del perdón, la revelación y la guía personales, la paz del Salvador, la certeza y el consuelo de que se ha conquistado la muerte, y muchas, muchas más.

Sobre todo, Dios nos ha dado el don de Su Hijo Unigénito, quien sacrificó Su vida “para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”7.

¿Hemos recibido esas dádivas con humilde gratitud, con alegría? ¿O las rechazamos por el orgullo o un falso sentido de independencia? ¿Sentimos el amor de nuestro Padre que se expresa en esas dádivas? ¿Las recibimos de tal modo que se intensifique nuestra relación con este maravilloso y divino Dador? ¿O estamos demasiado distraídos para siquiera notar lo que Dios nos da cada día?

Espero que podamos darnos cuenta de que somos receptores del amor, la gracia, la misericordia, la luz y las bendiciones de Dios y que verdaderamente los recibamos con gratitud y el deseo de compartir estas verdades entre nuestros semejantes.

Fuente: ldsliving

 

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Camila Meza Lillo

Camila Meza Lillo

Artículo por Camila Meza. En el ejercicio de su profesión de Arquitecto ha aportado a varios proyectos de La Iglesia. Le gusta viajar y aprender de las distintas culturas. Gracias a una de sus pasiones: la música, tuvo la oportunidad de conocer a su esposo, en los coros de Navidad de Instituto.

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